Era agradable la forma en la que el viento agitaba mi cabello, fundiéndolo sutilmente en un baile erótico con el aire, con los suspiros de todos aquellos soñadores que alzaban su puño en ese mismo momento, con la agitada respiración de alguien que huía de su propia sombra.
Abroché mi americana rosa. El sol se asomaba delicadamente por detrás del Big Ben, el cual marcaba las siete y diez de la tarde, un dulce y acogedor Miércoles, el día perfecto para tomar un café en la terraza de algún bar de la ciudad, el día perfecto para perder la cabeza en algún libro, sentada en un banco de algún parque, mientras los niños juegan, para poder oir sus risas. El día perfecto para sentarse a los pies del Támesis y ver como pasa la vida, observar como el tiempo vuela junto a las golondrinas.
Pero no, la situación, las cosas de la vida y el día a día me llevaron a esperar frente a un quiosco de dulces, entre estos, Toblerone, los chocolates más deliciosos del mundo.
Ya iba a rendirme ante la tentación y a sacar el monedero de mi enorme bolso, cuando todo se volvió oscuro.
Me sostenía por detrás, tapando mis ojos, acercando sus labios a mi cuello pero sin rozarle del todo, muriéndose por hacerlo, estoy segura, pero él siempre prefería conservar la magia.
Acaricié sus manos hasta apartarlas de mi cara y me giré hacia él, hacia su hermoso y perfecto rostro, con unas casi invisibles pequitas sobre su nariz, con sus ojos marrones y misteriosos, con su cabello moreno y algo rizado; me gustaban sus pequeños rizos, le daban un toque desenfadado.
Por un momento él acarició mi barbilla y luego me besó, me besó dulce pero apasionadamente. Me abrazó hasta tenerme completamente pegada a él, tanto que podía sentir como su corazón latía junto al mío.
Me dio la mano. Ninguno de los dos dijo nada. Solo se limitó a agarrar mi mano con gracia y a besarme esta, a entrelazar sus dedos con los míos, y a mirarme de esa manera..de esa manera que lo decía todo y de esa manera que solo podía hacerlo él. Yo siempre hacía como que no me daba cuenta de que me observaba, miraba al horizonte mientras el viento seguía agitando mi cabello, mientras sus ojos me suplicaban ''quédate por siempre aquí, rozando mi piel.''

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