Está ahí, sentada sobre ese viejo columpio que se balancea como el mar en un atardecer de verano. Está sola, es habitual, todos dicen que es solitaria, pero yo se que no lo es, simplemente está sola, intentando darle la mano a la tinta sin que esta se esparza, intentando dormir sobre el regazo de la poesía, para que cesen las pesadillas, disfrazadas de palabras que caen sobre ella clavándose como dagas en lo más profundo de su corazón.
"Voy, no voy, me acerco, no me acerco."
Dentro de lo más profundo de mi ser alguien deshoja una margarita de pétalos inacabables, infinitos, tan infinitos como sus ojos, marrones miel, con una primavera verde escondida a la derecha de su pupila. Perdidos en el horizonte, intentando encontrar el punto exacto donde se encuentra la meta, la vida, la verdadera y eterna felicidad.
"Voy, no voy, me acerco, no me acerco."
Alguien arranca los pétalos cada vez mas deprisa, más bruscamente.
Voy, definitivamente. Merece la pena intentarlo.
Tomo aire, seguro que todo saldrá bien.
- Hola, ¿qué tal? - apenas puedo decirlo sin tartamudear.
Solo consigo ver su melena dorada cayendo sobre su espalda como una cascada desbordada en el mes de Abril.
- Buenas tardes - me sonríe, girándose con gracia, mirándome a los ojos, sin miedo. Siempre admiré que fuera tan valiente.
- Beatriz ¿verdad? -
- Esperanza -
- ¿Esperanza? Creí que se llamaba Beatriz, o eso me habían comentado - me sorprendí, ella debió notarlo en mi cara.
- Bueno, en realidad no importa lo que los demás comenten - continuaba sonriendo, radiante, como si la duda no le afectara ni una mínima mota de polvo.
- Bonito nombre, Esperanza -
- Sí, lo es - volvió a mirar al horizonte, orgullosa - A veces, no es el nombre lo que nos define, deberían etiquetarnos con un nombre al morir, no al nacer - la sentí dolida.
- Y si me permite, ¿eso por qué señorita? -
- Deberíamos vivir toda la vida para encontrar nuestro verdadero nombre, nuestra verdadera identidad. Un nombre no va a hacer que tengas esperanza, ni fe, ni fuerza, pero en cambio, toda una vida, los fallos y la caídas, sí, pueden hacerlo. Es el poder de la vida misma lo que nos hace saber quien somos, lo que nos da un nombre, siempre y cuando, lo aceptemos de esa forma. -
- Vaya, nunca lo hubiera imaginado así, la verdad -
- Perdone mi mala educación, ¿cómo se llama usted? -
- Eh, bueno, ha conseguido que ahora me sienta violento por tener un nombre - reímos juntos - Mi nombre es Alejandro -
- Vaya, ¡qué hermoso nombre! -
- ¿De verdad lo cree? Mi nombre no significa nada, ni fe, ni esperanza, ni siquiera miedo -
- ¿Bromea? Son sus propios ojos, tan sinceros y sencillos, los que hacen que sea el nombre más hermoso que he oído en toda mi vida -
Quería besarla en los labios hasta correrle todo el carmín rojo, abrazarla, besarla en el cuello suavemente, y tan solo la conocía de hacía diez minutos, los diez minutos más impactantes y tiernos que había vivido jamás. Quería perseguirla en un campo de amapolas sin que se agotara el tiempo.
- Tiene razón, no importa lo que comenten los demás -
- ¿Perdone? -
- ¿Aceptaría usted una cita, esta misma noche? -
- Depende - vaciló por un momento - ¿A dónde piensa llevarme? -
- Podemos dar un paseo bajo el acueducto, conozco un buen restaurante italiano cerca de allí, y después, si usted lo desea, podemos hacer un largo viaje a lo más profundo de su corazón -
- De acuerdo, pero los spaghetti, a la carbonara -
- Sin duda alguna, Esperanza.-

No hay comentarios:
Publicar un comentario