lunes, 2 de abril de 2012

Los primeros rayos de sol en la mañana, los primeros rayos de esperanza más allá en el camino, los primeros rayos que entrecerraban mis ojos y dibujaban mi sonrisa.
El suave movimiento que provocaba el tren, en ese vagón abandonado, la forma dulce y apasionada en la que me balanceaba, hacia los lados, como si quisiera perderme en una vieja canción, una de esas que solo las personas como yo aún recuerdan.
Una niña de origen oriental durmiendo en uno de los asientos, apoyada sobre la ventana, con una maleta a sus pies, llena de historias difíciles de redactar.
Una señora mayor con la aventura aferrada a su noble y complicado corazón, en el que solo caben poesías y leyendas, observando como abandonamos el camino que tomamos, derramando una lágrima de añoranza.
Un adolescente hermoso, con los brazos llenos de tatuajes, los cuales expresan todo lo que siente y sintió, los que cuentan todo el daño que sufrió, levantando la vista para mirarme a los ojos, o tal vez para soñar con mis labios carmín; mientras saca su guitarra para enamorarme con una tierna balada sobre el amor a lo inimaginable. 
Una mujer, aún niña, de unos veinte años, abrazando a su hijo mientras este apoya su nariz en la ventana y sonríe, mientras él mismo grita "mamá, vamos tan rápido que casi podríamos volar".
Yo, sujetando mi gorro y riendo, mientras recorro la vía con la mirada, mientras dejo atrás el pasado, siguiendo adelante, con una melancolía que se desvanece en mi corazón, por cada paso que avanza este tren.
El tren... el transporte de los soñadores.



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