Desde que era apenas una niña había sido tratada como una mujer. Aprendió a seguir adelante firme, pie tras pie, a peinar su larga cabellera rubia, a tenerla impecable a cada instante, a permanecer callada cuando más necesitaba gritar y a asentir con la cabeza.
Se encontraba ahora sentada frente a un enorme ventanal, hipnotizada con cómo desaparecía el horizonte de aquella distinguida ciudad como era Paris, la ciudad del amor, la ciudad de los soñadores, de todos aquellos sin destino alguno, de todo soldado que necesitaba un descanso para volver a la guerra.
Daba pequeños sorbos a su te, despacio para no quemar sus labios rosados.
Las gaviotas parecían atravesar el cristal y tras este su vestido azul, para llegar a clavarse en lo mas profundo de su corazón.
Ella ya no sentía mas que amor por la vida, por el arte, por todo aquello que la permitía sentirse libre de enseñanzas y lecciones.
Había rasgado las paredes con una copa de vino, aquel licor sucio de mentiras y sentimientos olvidados en el tiempo, en un tiempo que apenas duraba segundos.
Aun conservaba las cartas de todos los amores de su vida, de todos aquellos que intentaron robar su corazón para luego venderlo. Conservaba las caricias, los besos, todos los vestidos, los besos en la noche y la cama vacía en la mañana.
Ella seguía sentada, ansiosa, esperando algo que siempre tenía al alcance de su mano, pero nunca era suficientemente bueno para ella.

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