Aquella tarde toda la casa se encontraba en una inmensa penumbra, la oscuridad devoró todo aquello que un día sintió luz. Me pregunté quién pudo haber tapiado todas aquellas ventanas, asfixiadas de esa luz tenue y distante que en el exterior asentía con maldad en la mirada y una risa tétrica, a mayores miedos, siniestra.
Una nota mencionaba cuántos mandamientos debíamos cumplir para ser buenas personas dentro de este mundo que se confunde con lo cruel. Diez normas bañadas en sangre.
La última carta de una leyenda del Rock suicida se abría paso en mi, comparando esta triste vida con el fuego que nos quema y que nos consume, y yo, sintiéndome fuego, sintiéndome suicida.
"La vida te destruye por alguna razón que tú has encontrado" decían.
Hacía demasiado tiempo que me había dado cuenta de que la gente muere de su dolor, y sobrevive del sufrimiento de los demás.
Sinceramente, la gente me repugna. Por ese sentimiento de dolor en lo ajeno que les da la vida y por esa vida en los demás que acorta amargamente la suya.
Mi padre siempre fue un buen hombre.
A veces me pregunto, por qué esto cayó en mi, por qué en mi y no en otra persona. Esta forma de sentir y de ver, que me mata sin ayuda externa.
Y entonces abro los ojos y tal vez sea, que yo también he acabado perteneciendo a ellos, y que la vida, me mata, me consume, me hace sentir como ese fuego. Y nunca ceso en cenizas.
No necesito vuestra guerra, aún soy víctima de la mía.
Yo tapié mis propias ventanas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario