viernes, 15 de noviembre de 2013

Aprendí lo que era el mundo en un autobús que recorría 29 kilómetros diarios, soñando con perseguir a los pájaros, soñando con dedicar mi vida a alcanzar a las nubes, a pintar bosques en peligro y lluvia, infinita y tenaz lluvia que me protegiera de todo mal, de todo prejuicio.
Aprendí que el cielo no es el único que llora. Reuní océanos de llanto y mares de tristeza, lluvia de dolor, y charcos de esperanza, en los que los niños juegan.
Una dama esperando a un amor que nunca llega, sus labios rojos combinando perfectamente con el mejor de sus vestidos, sus altos tacones salpicados por el barro, y en sus ojos, lluvia.
La lluvia de la madre que espera el perdón de su hija.
La chica que se sienta sola al final del autobús, perdiéndose en su libro y en la música, pero en su corazón, sólo lluvia.
Aprendí lo que era el amor a base de la espera, aprendí lo que era la vida a base de heridas, y aprendí lo que era el valor quemando cada una de las cicatrices que no sanaban nunca.
Mi esperanza, suicida, se arrojaba desde lo más alto; porque no podemos salvar a nadie, porque ni siquiera podemos salvarnos a nosotros mismos.
Mi mente no conseguía encajar el porqué acechaba por todo el mundo. Porque él ya había atrapado a los pájaros. Él ya había alcanzado a las nubes, ya había inundado cada uno de los bosques..
El dolor, homicida de la lluvia.










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